A veces es más fácil escribir sobre cosas que no sientes. Todo parece lejano, imposible, y sentimos la seguridad de una mente que sólo imagina en papel y lápiz, pero no vive. Empatizamos con nuestro personaje y nos ponemos en sus zapatos con una facilidad increíble.
Quizás preferimos intentar comprender un sentimiento que no hemos vivido para afrontarlo mejor cuando llegue el momento. En el caso de los malos, claro.
Sin embargo, no tiene sentido. A medida que van ocurriendo las cosas, te das cuenta de que el dolor es cien veces mayor a como te lo habías imaginado, que las palabras nunca te dejaron de importar, y que no serías capaz de olvidar con facilidad. Ilusa yo, si creía que podría huir de eso.
Así que sí, es más fácil escribir sobre cosas que no sientes, pero no es completamente tuyo. Para eso tiene que salir de dentro, del corazón. Tienes que sentir la adrenalina del riesgo, la tristeza de una pérdida, la locura del amor. Haber experimentado la alegría de un reencuentro, las lágrimas de la despedida, el insomnio plagado de preocupaciones, un café a medianoche, y otro de madrugada. Cargadito. Noches en vela, noches de fiesta, el no dormir. La ilusión de un regalo, la expectación de un beso en la puerta de tu casa, un brazo sobre los hombros, una mirada furtiva. La risa de un niño, las lágrimas de un amigo, o las tuyas. Frustración, emoción, nerviosismo. Un beso robado.
A veces es más fácil escribir sobre lo que no sientes, pero sentir sí que es una gran aventura.
8.7.13
15.6.13
Me gustaba que escribieras sobre mí.
Tú eras de los que no hay. De los que meten la nariz en un libro y no se duermen hasta que lo han terminado; de los que me dejaba escoger la película en el cine; de los que dicen te quiero al oído y en un susurro, porque querías que tan sólo yo lo escuchara. Preferías un bolígrafo, papel y un sobre antes que un correo electrónico, y despedirte en persona antes que por un mensaje. Te iban los pequeños detalles y los planes tranquilos.
«Eres mi personaje favorito», me dijiste una vez, «y quiero escribir sobre ti».
Y me gustaba que escribieras sobre mí. Me gustaba que me dedicaras los poemas que te habían marcado, las frases que habías guardado en un cajón, esperando los oídos indicados. Me gustaba que te quedaras sin tinta porque la gastabas en palabras que me tenían como destinatario. Me gustaba que me enviaras cartas de vez en cuando, aún si me habías visto el día anterior. Me gustaba encontrarme notas tuyas bajo la almohada, entre las páginas del libro de matemáticas o dentro del estuche de mis gafas. Me gustaba que escribieras en mi espalda usando tus finos dedos como bolígrafo, y mi piel como papel, o que te sentaras en mi escritorio y empezaras a garabatear frases. Me mirabas como el pintor mira un paisaje hermoso, y me gustaba tu expresión concentrada mientras leías, el brillo de tus ojos cuando habías terminado y la sonrisa en tu cara cuando escuchabas mi opinión. Y me encantaba que te refirieras a mí como tu musa, argumentando que cuando estaba en tu cabeza, sabías que hacer, Tuya, tuya y sólo tuya.
«Dicen que si un escritor se enamora de ti vivirás para siempre...», y a mi me gustaba el hecho de que me hicieras inmortal.
«Eres mi personaje favorito», me dijiste una vez, «y quiero escribir sobre ti».
Y me gustaba que escribieras sobre mí. Me gustaba que me dedicaras los poemas que te habían marcado, las frases que habías guardado en un cajón, esperando los oídos indicados. Me gustaba que te quedaras sin tinta porque la gastabas en palabras que me tenían como destinatario. Me gustaba que me enviaras cartas de vez en cuando, aún si me habías visto el día anterior. Me gustaba encontrarme notas tuyas bajo la almohada, entre las páginas del libro de matemáticas o dentro del estuche de mis gafas. Me gustaba que escribieras en mi espalda usando tus finos dedos como bolígrafo, y mi piel como papel, o que te sentaras en mi escritorio y empezaras a garabatear frases. Me mirabas como el pintor mira un paisaje hermoso, y me gustaba tu expresión concentrada mientras leías, el brillo de tus ojos cuando habías terminado y la sonrisa en tu cara cuando escuchabas mi opinión. Y me encantaba que te refirieras a mí como tu musa, argumentando que cuando estaba en tu cabeza, sabías que hacer, Tuya, tuya y sólo tuya.
«Dicen que si un escritor se enamora de ti vivirás para siempre...», y a mi me gustaba el hecho de que me hicieras inmortal.
12.6.13
Bendito Murphy y su ley.
«No lo creo. Es una visión pesimista y triste de la vida. ¿Estamos aquí para llorar las cosas que pueden salir mal, o para disfrutar lo que sale bien?». Me encandilaste. Con la sonrisa en tu cara, con el brillo positivo de tus ojos, y con la firme opinión que objetaste nada más sacar el tema de Murphy. No creías en el «si algo puede salir mal, saldrá mal», sino en el «si algo sale mal, habrá que conformarse e intentarlo de nuevo». No creías en el karma, ni en el destino. No. Más bien te encantaba escribir, y preferías deletrear cada momento de tu vida por tu cuenta, sin hilos que te ataran a un guión imaginario. Querías vivir la vida, aplicar como se debe el carpe diem y seguirlo al pie de la letra.
Podría haber obedecido a la razón, que me decía que te faltaba un tornillo, y no al corazón; pero sabes que lo sentimental siempre ha sido mi debilidad. ¿Qué quieres que le haga? Atracción a primera vista, amor a segunda cita. Y esa mentalidad... Esa idea que tenías de que «siempre es más fácil hacerlo de la forma más difícil». Es tan... Atrayente, desafiante.
Eres un chico de desafíos. Un constante tira y afloja, una lucha contra las leyes del universo, intentar que la tierra gire en dirección contraria. Vivir aventuras, ser Peter Pan y Wendy o, mejor aún, los niños perdidos. No esperar nada y quererlo todo.
Bendito Murphy y su ley, porque sino, tú no serías tú.
Eres un chico de desafíos. Un constante tira y afloja, una lucha contra las leyes del universo, intentar que la tierra gire en dirección contraria. Vivir aventuras, ser Peter Pan y Wendy o, mejor aún, los niños perdidos. No esperar nada y quererlo todo.
Bendito Murphy y su ley, porque sino, tú no serías tú.
27.5.13
Y me encontré contigo.
Yo no sé qué pasó. Iba buscando a ese príncipe azul que todas las chicas con una pizca de romanticismo soñador hemos deseado alguna vez. Estaba ciega, cerrada a todos aquellos que, aunque no cabalgaran un corcel blanco ni vistieran de azul, tuvieran madera de príncipe.
Qué tonta era, ilusa. Pero yo me imaginaba a ese chico que me tratara como una princesa, que me tocara canciones con su guitarra, bajo la luz de las estrellas. Que le pidiéramos un deseo, que nos hiciera infinitos. Cocinar la cena más simple y exquisita, jugar con la nata montada de las fresas, pedir una pizza en plan cómodo en casa. Quedarme dormida entre sus brazos, y que luego me llevara a la cama y me tapara con la manta. Que se quedara conmigo esa noche y las siguientes, porque teme perderme tanto como yo a él.
O pasear en invierno por Madrid; luchar contra la nieve bajo nuestros pies; acurrucarnos en un mullido sillón, con las luces apagadas y el mejor chocolate caliente que pudimos encontrar; ver esa película que tanto nos gusta, o ir al cine para no ver nada. Besarnos porque sí, y porque también.
Qué se yo. Solamente buscaba a un Romeo para mi Julieta interior, un príncipe para mi Blancanieves, una bestia que se transformara en chico.
Y me encontré contigo.
Pero ¿sabes qué? No me arrepiento. Porque, a pesar de que no tienes ni idea de cómo montar en caballo, y que no sepas tocar ni un acorde de guitarra; a pesar de que nunca hemos conseguido cocinar unos espaguetis sin que se nos peguen, o una pizza hecha como Dios manda; a pesar de que no te guste la nata montada y que no vivimos en Madrid, ¿quién tiene en cuenta eso cuando los mejores paseos los he disfrutado contigo? ¿Cuando no me he divertido más cocinando que contigo? Porque nuestro chocolate caliente es el mejor que he bebido en mi vida, tus brazos los más confortantes, tu voz la más dulce, tus manos las más suaves y tus besos... Oh, tus besos.
Yo por ti y por tus besos renuncio hasta al título de princesa.
9.5.13
Qué bonito es el cristal, y con qué facilidad se rompe.
Algunas veces vemos la vida como una película antigua: en blanco y negro; donde sólo tenemos dos opciones: o consigues tus sueños, o no. Y es así de simple; así de duro; así de decepcionante. Cuando se te hacen realidad, sientes que eres la persona más feliz del mundo, que puedes con todo lo que te echen. Te crees Superman, Hulk, la mujer maravilla. Sabes que, en ese momento, podrías enfrentarte a tu mayor fobia, decirle todo lo que sientes a la personita que ronda por tu cabeza o soltarle lo que verdaderamente piensas a la pesada de turno.
Pero a veces, tus sueños se rompen en mil pedazos. Y es que las ilusiones son frágiles y delicadas, como figuritas de cristal que vuelan sin cesar. Sin embargo, cuando chocan contra el frío suelo de la realidad, se rompen con una sencillez fascinante y aterradora.
Por eso nos asustamos. Tememos que salgamos dañados por intentar que ese sueño que parecía imposible se hiciera realidad. Y puede pasar, perfectamente.
Pero también puede que no.
A lo mejor lo que necesitamos es dejar de darle tropecientas vueltas a todo, y saltar al vacío confiando en que caeremos en el agua o en una colchoneta, amortiguando el dolor. Serán esos momentos de locura e impulsividad los que realmente valgan la pena. Porque puede que el miedo pueda contigo y no lo vuelvas a hacer; y todo quedará en un bonito recuerdo. Y seguirás temiendo cada zancadilla, cada caída y cada tropezón. Y te caerás, te lo aseguro. Porque en la vida nada es perfecto.
Pero si te caes, pues te levantas, te limpias la tierra del pantalón y sigues andando, riéndote de el tortazo que te has pegado.
Pero también puede que no.
A lo mejor lo que necesitamos es dejar de darle tropecientas vueltas a todo, y saltar al vacío confiando en que caeremos en el agua o en una colchoneta, amortiguando el dolor. Serán esos momentos de locura e impulsividad los que realmente valgan la pena. Porque puede que el miedo pueda contigo y no lo vuelvas a hacer; y todo quedará en un bonito recuerdo. Y seguirás temiendo cada zancadilla, cada caída y cada tropezón. Y te caerás, te lo aseguro. Porque en la vida nada es perfecto.
Pero si te caes, pues te levantas, te limpias la tierra del pantalón y sigues andando, riéndote de el tortazo que te has pegado.
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