3.8.14

Sinsentidos

Querido desconocido:

Hace tiempo que no te escribo. Quizás es que soy feliz. ¿No es eso lo que pasa? ¿Que olvidas las rutinas y parece que vuelas? Es triste, desconocido, que se escriba solo de penas y melancolías. No me cabe en la cabeza —y me cuesta pensar que quepa en la de alguien— el hecho de que la tristeza inspire. ¿Estamos locos?
¡Qué ironía! Escribimos sobre lo que nos fastidia y nos causa dolor. Es tan fácil plasmarlo en papel que las manos se mueven por inercia y el cerebro se apaga. Cuando escribes cosas tristes, las palabras salen solas, anteriormente formadas en una cabeza que ya las ha exprimido lo suficiente.
La tristeza tiene un sabor amargo e incluso ácido, a zumo de limón —que, a propósito, no es de mi agrado—. Todos deberíamos hacer limonada; quizás echarle un poco de azúcar a una vida que solo sabe dar palos y poner piedras. ¿Y no es lo dulce algo mágico? ¿No es lo bueno algo confuso? Quizás sea eso lo que nos impide escribir, querido desconocido; lo que me impide escribir y que al mismo tiempo origina mi reflexión.
La vida es una paradoja que intenta ridiculizarnos cada tres minutos y medio, ¿no crees? Pero no me voy por las ramas —algo más que habitual en mí—. He averiguado la causa de la escasez de escritos alegres. Resulta, desconocido, que no sabemos expresarnos. ¡Chúpate esa! Ahora resulta que nosotros —sí: tú, yo, él, ella, nosotros, vosotros.... Todos— no tenemos palabras que logren definir la felicidad. Estamos tan acostumbrados a reflejar tristeza que cuando llega lo bueno nos paralizamos.
Ay de nosotros, de las paradojas andantes que somos, de la hipocresía que envuelve a lo que deseamos y lo que recibimos.

Acción-reacción. O quizás no.

La respuesta a la mirada que me echa cuando cree que yo no estoy mirándole. La sonrisa que formulan sus labios, cuando menea la cabeza y vuelve la vista hacia delante discretamente. El hecho de tenerle y no tenerle; de estar y no estar presente; de preguntar conociendo la respuesta. Esas cosas no tienen palabras que logren describirlas, porque no son hechos, son momentos. Y los momentos son abstractos, son fantásticos, y son creados en un plano superior al terrenal. 
Y pienso que quizás no toda acción tiene una reacción. Que a veces alguien actúa y prefieres disfrutar del momento antes que poner en marcha a la razón. A veces lo mejor es esa espontaneidad insana, esa locura pasajera y ese sentimiento de no saber si tienes los pies en la tierra o algo te eleva en el aire.




Lo nuestro es un sinsentido con más futuro que cualquier otra cosa; absurdamente bonito; inexplicablemente confuso.

Gracias, desconocido, por ser una vez más el diario más informal que puede existir, y al mismo tiempo el más adecuado. Si no hablo con alguien que no me juzga —aunque sea porque ni le conozco ni me conoce—podría explotar, o incluso volverme loca.

Ahora que lo pienso, en esos tiempos, la locura no me vendría nada mal...

22.7.14

Si de miradas hablamos...

La debilidad es algo tan, pero tan normal que a veces creemos que no existe. ¿Que por qué? Ojalá lo supiera. Ojalá supiera tantísimas cosas... Ojalá supiera lo que piensas cuando me miras como me miras, con ojos de corderito degollado o con los que me comen entera. Que quizás yo no sé de muchas cosas de la vida —y a veces debo aceptar que realmente no sé nada— pero que estoy dispuesta a ir poco a poco, a dar un paso tras otro. 
A veces ni yo controlo. A veces explotas, eres una bomba atómica que arrasa con todo, con lo que quieres y lo que no —aunque, aceptémoslo, siempre es con lo que quieres—. Y si pierdes lo que más quieres, ¿qué te queda? ¿Quiénes te acompañan cuando más sola te sientes? ¿Qué ojos te tranquilizan cuando los nervios te comen por dentro? 
Las lágrimas no están para que caigan por tus mejillas sin razón, pero tampoco necesitan de espectadores que las observen resbalar. No son como ese árbol que cae en medio de un bosque vacío. ¿Hace ruido? ¿Está? Las lágrimas están, y conforman esa vidriosa cubierta sobre la que depositas tu mirada. Las ves o no; las ven o no. ¿Acaso importa? Quizás no. Quizás lo que realmente importa es la gran causa de la lluvia...




Ojalá lo supiera todo... o quizás preferiría no hacerlo. Quizás prefiero enfrentarme a lo desconocido con tal de encontrarme contigo al abrir la puerta, en plan sorpresa. Quizás lo mejor sería equivocarme una vez sí y otra no, en vez de arrepentirme por no haberlo hecho cuando tuve la ocasión. Porque la probabilidad de que al tirar una moneda salga cruz es igual a la probabilidad de que salga cara, y que si la carretera se bifurca en dos, siempre habrá brisas a favor y huracanes en contra. Porque aquí en el mundo real —donde, por cierto, vivo solo de vez en cuando— no regalan nada y se lucha por todo. 
Puede que ser fuerte sea tan relativo como el miedo, como la gravedad o como la visión de todas las cosas, pero siempre hay cosas estables. Siempre hay determinación en la duda, transparencia en lo turbio y visibilidad en lo nublado; siempre hay un punto de apoyo que sostiene a la torre tambaleante, y siempre encontramos una pupila a la que aferrarnos cuando todo a nuestro alrededor da vueltas.
Porque unos ojos son algo inigualable. Porque si me miras me derrito, porque es debilidad. 
¿Que las debilidades no existen? Ojalá. De esa manera, quizás tu mirada no haría temblar mis piernas como una princesita en peligro. Quizás unos ojos tienen más poder que cualquier otra propiedad, y que controlen a una persona hasta límites insospechables; pueden generar adicción y retirarse para que el síndrome de abstinencia haga mella en cuerpos (débiles) como el mío.

Porque echo de menos esa mirada, y la espera se me puede hacer eterna.

12.7.14

Despertar.

Abres los ojos de par en par. Respiración agitada, pulso acelerado, frente perlada de sudor —que puede ser de temor, o del agobiante calor del verano—. 
Te pellizcas. Estás despierta. Has vuelto al mundo donde sueños y pesadillas conviven como unidad, donde todo es una mezcla homogénea y confusa que marea y nos obliga a levantarnos. 
No soy una niña —aunque a veces intente parecerlo—. No solo nos niños tienen pesadillas. Las pesadillas son malos sueños reflejo de miedos y temores. 
Yo temo. Temo como lo hace cualquier persona que aprecie lo que tiene; temo como cualquiera que sonríe por no llorar, que quiere a alguien que no está. Temo por los que no tienen miedo, porque entiendo que entonces no han vivido lo suficiente y no han sentido el riesgo de perder. Temo y sueño por aquellos que no son capaces de hacerlo por sí mismos, por los que creen que no hay motivos para temer. 
Temo no poder recordar. Temo verme sola ante un pasillo oscuro de tres puertas. Temo a la soledad, al olvido y a la oscuridad. Temo a que las sábanas se enreden alrededor de mis piernas y me impidan echar a correr.


Remember to remember that you are not alone.

Yo temo a pasar por la vida sin darme cuenta, a dejar de lado las cosas realmente importantes, a olvidar a aquellos que debo recordar. Temo olvidar cómo soy realmente, alienarme en modas abstractas y perderme entre un océano de peces exactamente iguales. Tengo miedo a ser normal, ordinaria y mediocre; a caer en una aburrida rutina-absorve-almas. Temo a no lograr pasar página, a quedarme en blanco frente a la nueva e incluso a ni siquiera terminar el libro. Temo por las promesas incumplidas, los sueños cuasi-imposibles y los cabezotas que chocan una y otra vez contra la misma pared.
Temo a temer, a no distinguir entre realidad y fantasía, a verme sola ante el peligro, a una parálisis pre-acción. Temo a ser cobarde cuando más valentía se necesita, a dar un paso atrás cuando dos hacia delante me llevarían a tus brazos. Temo a aquella llave que no encaja en ninguna cerradura, al último folio del bloc y a la última lágrima del bolígrafo que he utilizado durante toda mi vida.
Lo confieso: temo a los deseos imposibles.
No por temer se es temeroso —como no por no comer carne se es vegetariano—. Se teme a niveles relativos, directamente relacionados con lo que nos arriesgamos a perder.

Aunque últimamente temo demasiado. Será porque siento que tengo más que perder.

21.5.14

Impermeable.

Hoy llueve y no sé si he sido la culpable. Hoy llueve, y quizás el agua limpie un poco las malas pasadas.
Hoy llueve, truena y la noche se ilumina de relámpagos zigzagueantes que intentan iluminar un poco la oscuridad del profundo pozo de tus pupilas. Son chaparrones que se confunden con sudor y lágrimas, y ojalá supiera distinguirlas. 
Hoy llueve, y no tengo claro si llueve fuera o dentro, pero advierto peligro de inundación. Se inundan calles, pisos, alcantarillas, ojos, mejillas... El agua lucha por salir, porque es libre y merece serlo.
Hoy llueve. Quizás debería haberme pensado eso de cantar la noche anterior. Quizás mi voz ha llegado a la nota más rota que hay en la escala de sol, y las nubes se han roto conmigo. Cual niña pequeña, miro las nubes llorar lágrimas saladas, esas que ahora simplemente se precipitan suicidas desde un cielo que anhelamos paradisíaco. 
A saber lo que realmente hay allí arriba. A saber si cuando subamos la escalera, lo único que deseemos sea saltar de la nube y volver a la tierra.

Hoy llueve, y lluevo por ti. 
Lluevo agua con sal, y un pequeño toque de limón.
Lluevo el chupito de tequila que coronó la noche. Amargas lágrimas que han perdido hasta el derecho de surcar mejillas. 
Y los relámpagos me iluminan, como si fuera mi turno para llorar también. Empatizo con las nubes y las acompaño en el sentimiento, para cuando ellas me acompañan a mi.

Pero dicen eso de que después de la tormenta, viene la calma, y yo aguardo tranquilamente el cumplimiento de esa promesa. Espero sentada en el bordillo de la acera a que aparezcas por la esquina para disculparte, a que suene el maldito aparato en mi bolsillo o a que alguien me toque el hombro ligeramente.


Y que siga lloviendo. Y que se joda un poco la lluvia -o mucho.
Que se jodan todos los que intentan molestarme a base de tormentas, porque deberían saber que a mi todo me chorrea. Que el agua sólo me hidrata y da fuerzas, y que prefiero bailar bajo la lluvia antes que ocultarme bajo el sol más espléndido. Que me iluminen los relámpagos como focos, como si yo fuera la mejor bailarina del auditorio, y que parezca que realmente sé bailar ballet. Que el viento se lleve lo malo -y el paraguas también, de paso- y que barra las calles de eso que llaman "mala suerte".
Que aquí el que no viene a bailar bajo la lluvia, mejor que se dedique a hibernar, aunque se perdería una experiencia maravillosa.

16.4.14

El arte de equivocarnos.

Querido Desconocido:

¿No te cansas de actuar por inercia? ¿No es agotador ser robots autómatas que se mueven al ritmo de una acción superior?
Pensar. Pensar. Pensar. ¿No te cansas de pensar? 
¿Y la razón? ¿Para qué sirve esa insufrible voz que retumba en nuestra cabecita como un martillo a las tres de la mañana? Es como la resaca tras una noche intensa, el dolor que quieres aplacar a base de aspirinas. Un jodido Pepito Grillo que no deja la nariz de Pinocho crecer a base de errores.
Oh, el noble arte de la equivocación. Ese sentimiento de que todo va tan mal que no hay nada que pueda arreglarlo; de que el mundo gira en tu contra y encima vas cuesta arriba; de que las piedras se colocan con el propósito de que tropieces una y otra vez con ellas.
Oh, ese noble arte que todo lo puede. Esa sensación de que eres el Rey del mundo; de que vives en una montaña rusa y que hay que disfrutar cada curva; de que la fuerza que ejerce tu cuerpo para levantarte está directamente relacionada con las esperanzas renovadas que se incorporan al caudal de sangre y adrenalina.



Pero explícame, querido desconocido, qué pasa con el miedo. 
Oh, el miedo, terrible sentimiento que invade cuerpo y alma; bacteria y virus, agente externo que destruye las paredes del sistema inmunológico en un derrumbamiento peligroso y desordenado. Oh, el miedo, fiel seguidor de desdichas y tristezas, líder de las oportunidades perdidas, de los sueños incumplidos.
Miedo: aquello que paraliza tu cuerpo cuando vas a tirarte del trampolín más alto de la piscina de tu urbanización; lo que detiene tus pies cuando decides acercarte a hablar con él, lo que congela las palabras en tus labios que temen el rechazo absoluto. Miedo es que no lo besara cuando tuve oportunidad, que la mano se mantuviera en el volante y que la hebilla del cinturón no se separara de la tela. —No sabes cuán arrepentida estoy—.
Miedo es que no lo hagas porque no te atreves. 
Cobardes.
Somos cobardes en un mundo de riesgos; cobardes en una continua clase de paracaidismo;  cobardes en conformidad con un sistema computarizado. Somos cobardes analíticos sin carácter ni huevos para lanzarnos al abismo del azar. 
No hay huevos.

Así que sí, tengo un problema y lo acepto, desconocido: «Mi problema es analizar la vida, en vez de vivirla». Mi problema es darle tropecientas mil vueltas al regaliz antes de probarlo definitivamente; mover el café infinidad de veces hasta que haya perdido su característico calor; negar con la cabeza antes de sopesar la opción, y levantarme cuando en realidad su fuerza de gravedad me devolvía al colchón. Qué equivocada estaba...
Pedazo de analista que estoy hecha, y pedazo de vividora que quiero ser.

Después de mucho análisis —y más vueltas que un trompo—, me despido.

Una analista analizada en rehabilitación.